cuentos

Amargo Kiwi y Dulce Manzana

En un día gris como hoy Amargo Kiwi fue rodando hasta la casa de Antenas Hormiga. Apresurado para evitar encontrarse con la tormenta que se aproximaba, fue girando cuesta abajo de manera indiferente y con cara de aburrimiento, casi como si no sintiera los golpes y las raspaduras de algunas ramas y brotes que se cruzaba en su camino.

A pesar de sentirse maduro, Amargo también sufría inquietudes y angustias. Se planteaba la posibilidad de encontrar el amor en su vida pero se creía incapaz de recibirlo. El señor Kiwi no era el más atractivo de los frutos. Era muy pequeño, peludo y además un cascarrabias. Pero aún así, fue a ver al oráculo en vida, la gran vidente y encantadora, Antenas Hormiga. Él sentía que ésta pequeña hormiga vieja, que para algunos no era más que una lunática, le podría otorgar alguna expectativa o condenarlo a la añoranza.

Amargo dejó de rodar en el instante que se encontró con su amigo Duro Piña, que de casualidad estaba esperando para ser atendido por la señora Hormiga. Mientras Kiwi ardía por la pequeña herida que se hizo al chocarse con uno de los tantos pinches de su amigo, no vaciló en soportar la irritante espera. Hubiera sido muy inoportuno que además… y sí. Fue muy inoportuno que se hayan desencadenado del cielo las primeras gotas de lluvia.

Señor Kiwi sentía que era hora de volver a casa, su cabeza emitía pensamientos desordenados y confusos. Él quería ver a la señora Hormiga pero al mismo tiempo creía que era la única hormiga de cuatro antenas en el mundo y eso la hacía especial, pero no la convertía en vidente. Mientras Amargo estaba por girar de vuelta a casa, le llegó su turno.

Antenas atendía a sus clientes desde un pequeño agujero en la tierra, ubicado apenas abajo de una pequeña flor que actuaba de paraguas y sombra. Para mejor acústica y ayudar a que su suave voz sea escuchada, la señora Hormiga utilizaba el hueco de la cueva a sus espaldas y una hoja pequeña envuelta y enrollada en forma de campana.

“Hola Señ…” dijo Kiwi, que fue rápidamente interrumpido por la señora Hormiga que comenzó, “Sí, sé lo que te trae. Es lo que todos buscamos, querido. ¿No es así? No te puedo asegurar nada, pero por más amargo que seas Amargo, el amor te va a encontrar. Dejá de buscar y seguí girando.”

Eso fue todo y lo que más sorprendido lo dejó al señor Kiwi, fue que ella sabía su nombre. El largo y cansador camino a casa, subiendo de a pequeños saltos y volteretas, se sentía desconcertado y maravillado.

Pasaron días, semanas, meses y nadie había llegado aún a la vida de Amargo que al envejecer rápidamente, sentía más y más miedo de morir solo.

Una noche antes de irse a dormir el señor Kiwi abrió desde su computadora un perfil que había armado en una reconocida página para buscar pareja. No era muy amigo de la tecnología, entonces nunca le prestó mucha atención, pero notó que alguien lo había contactado al ver que tenía una notificación.

Se puso de cuclillas en la silla y acercó su redondez lo máximo posible a la pantalla donde en su descripción él había escrito “Soy petiso, un poco gordito, peludo y malhumorado.”

Después de buscar unos segundos dónde se encontraba el mensaje vio el nombre de la mujer que lo quería contactar, ella era Dulce Manzana y decía “Sos justo lo que buscaba.”

 

Dedicado a mi hermana Katia Guibert.

 

 

 

 

La historia de Maldita Garcha

Maldita era una mujer joven, muy atractiva, de cuerpo esbelto, aunque de estatura media baja. Ella usaba unos jeans que se escapaban de su angosta figura, logrando que algo de piel siempre quede descubierta, y una simple remera sin mangas de color blanco como su tez. En contraste estaba su pelo azabache que lo mantenía siempre muy corto, de manera que resaltaba su elegante cara oval en la que el único color lo daban sus labios pintados de color carmín. Podría decirse que Maldita lograba un aspecto de geisha contemporánea. Sus ojos se afilaban en ambos extremos, de manera que su mirada transmitía solamente amenaza y seducción. Ella era Maldita Garcha.

Mientras se paseaba por las calles de Buenos Aires en busca de aire fresco, Maldita decidió entrar a una ferretería ubicada justo en la esquina de Talcahuano y Sarmiento. No podía explicar la razón de querer conocer ese caótico y húmedo agujero de Buenos Aires. Lo primero que vio fue el desorden y una infinita cantidad de alambres, destornilladores, clavos, tornillos y todo tipo de herramienta de trabajo una arriba de la otra, enredadas, dadas vuelta y encimadas. Maldita pensaba que a pesar del clima húmedo y el olor a viejo, ella siempre podía ver la naturaleza sensual de cada objeto, situación y ser. Mientras apoyaba su abdomen apenas descubierto sobre el mostrador, sintió algo tibio y peludo, suficiente para lograr que Maldita exclame alguna vocal y dé un pequeño salto. Al instante, en un suspiro de tranquilidad se dio cuenta que no era nada de qué preocuparse. Era un simple gato, aparentemente mascota del negocio, porque estaba muy cómodo recostado en un pequeño almohadón al lado de la caja.

Así veía y experimentaba la vida Maldita, para los demás ella no era interesante. Nunca lograba hacer las cosas bien, era aburrida y de los pocos que la conocían, genuinamente dudaban si era muda, porque jamás la habían escuchado decir ni una palabra. Se comunicaba a partir de vocales y gemidos. Era una especie de mujer del futuro, pero me gusta más definirla como la geisha noventera y no nos olvidemos que además, era de Buenos Aires. Es una pena que nadie en vida haya logrado comprender lo especial que era Maldita.

Pienso en ella cuando tengo tiempo e intento revivirla a través de mí, pero nunca voy a ser tan auténtica y fantasiosa como Maldita Garcha. Ella era una heroína, y por más mediocre y vulgar que era su vida, era simple y todo a través de su mirada era encantador y sugestivo.

Adiós Maldita que Garcha ya eres.

 

 

El nombre de Maldita Garcha es en honor al fanzine de la década de los noventa de Farsa Comics. Cuando era muy niña vine a visitar a mi abuela Tita a la ciudad. Esperando mientras ella miraba libros, en lo que recuerdo podría haber sido una librería de libros usados, tomé sin preguntar una fanzine llamada Maldita Garcha. De casualidad de entre varios papeles, otros fanzines y pequeños libritos que había en un mostrador. Hoy en día no lo tengo más, probablemente esta perdido por ahí, pero me acuerdo que con apenas ocho años, me hizo reír y no me olvidé más el nombre. Los personajes no tienen nada que ver con la Maldita Garcha de la que cuento en esta pequeña historia y tampoco la estética, es completamente diferente. Solamente les arrebaté el nombre. A un pequeño recuerdo, le doy una pequeña historia.

Dedicado a mis mejores amigas, Manuela Del Campo y Magdalena Fraga.

 

 

 

10/02/2018

Debería haber nacido en otra época. Será que vivo cargada de nostalgia, o mi espíritu pertenece al pasado. No me siento acorde a estos tiempos. Mi energía ya recorrió estos caminos. Soy un alma llena de vida, pero agotada. La exhaustiva realidad me pone su palma de la mano, rugosa y áspera, sobre mi débil pecho y simplemente hace presión.

¿Es normal? Ver a gente de mi edad y sentirme tan remota. Observar alrededor mío como se desvanece el pasado y se apronta el futuro, que en mí brota una mezcla de excitación y un miedo fecundador de tantas otras emociones.

Volví de un viaje que despertó en mí una nueva sed por la vida, tengo un ímpetu abrasador por la existencia. Me di cuenta lo lejos que esta la vida contemporánea de ser real. Por eso elegí de alguna manera, alejarme del fácil alcance que tienen las redes sociales.

Pensaba mientras eliminaba mi usuario de Instagram, qué tan efímera es esta plataforma que con un solo click, tantos recuerdos, “seguidores”, comentarios y “me gusta” desaparecieron. Tan simple como eso.

Sentía una angustia arrolladora al ver como día a día las redes logran envolver tanto a jóvenes como a adultos en malgastar grandes partes de su tiempo. La sociedad en general, encuadra momentos de su vida, eligiendo incesantemente la foto perfecta para compartir y aparentar siempre risas y buenos momentos. Esas imágenes que detrás no esconden nada más que la duda y la inseguridad.

Y no voy a negar, que personalmente, descartar de mi vida las redes sociales, fue algo drástico. Empecé por Facebook, y casi como una avalancha, inmediatamente me apresuré por desactivar mi cuenta de Instagram, Linkedin, Snapchat, y por último WhatsApp. Uff… qué gran descanso.

Le des uso o no, estás siempre expuesto. Le das lugar a un completo desconocido, a un amigo, a un familiar, a quién sea, a ver detalles íntimos de tu vida privada. ¿Qué acaso nos olvidamos el lujo de la privacidad? ¿El placer y la alegría de recibir un mensaje, o una foto que fue tomada especialmente para uno?

Es una manera banal y muy vacía de hacer marketing sobre uno mismo. Se transforma en una constante publicidad de nuestras vidas. En la mayoría de la gente, hasta una necesidad.

En el viaje que hice recientemente, estuve recorriendo California. Los lugares que más me llamaron la atención fueron los alrededores de San Francisco, donde se pueden encontrar Berkeley y Oakland. Éstas ciudades tienen una carga artística inmensa y un espíritu de libertad incomparable. No cabe destacar que California fue exponente geográfico del hipismo y la libertad sexual. Pero sin embargo Los Angeles, por ejemplo, no me generó lo mismo; es una ciudad más esnob, por así decir, donde se convive con la banalidad humana y un ritmo consumista muy acelerado. Y ni hablar del insoportable tráfico a toda hora… Peor que el de Buenos Aires, les aseguro.

En fin, lo que más me llamó la atención en ciudades como Berkeley y Oakland es que la gente por lo general no le da uso a las redes sociales. Podes salir a comer a un lugar exquisito y trendy, y no te vas a encontrar en la mesa de al lado a alguien que no puede evitar registrar el momento con su smartphone. Lo mismo pasa cuando uno elige salir a algún bar de jazz, hip hop o r&b en la aclamada y cool vida nocturna de Oakland, vas a notar a cada uno compenetrado o en la música, o en bailar, o simplemente pasar un buen rato entre amigos. Pero no vas a ver gente ni filmando, ni distraída con el teléfono.

Qué gran sensación fue, un sentimiento de liberación. No sólo por desprenderse de la tecnología, si no del prejuicio. El famoso ¨qué dirán?” ahí no existe. Cada uno tiene un estilo completamente diferente a la persona que está a su lado y nadie se fija en lo que hace el otro. Por eso justamente son ciudades renombradas por su gran actividad cultural y artística. Lo mejor de todo, es que no están plagadas de turistas, todo lo contrario. Sólo te cruzas a gente que habitan las ciudades, entre ellas, abunda la diversidad.

El único downside, por así decir, o lado negativo que hay en California es la gran cantidad de gente homeless, que viven en las calles. Esto es a causa de las condiciones climáticas en las que nunca llega a hacer demasiado frío y también porque son bien recibidos. Entonces en vez de considerarlos unos marginales, son parte de la sociedad, cuidan su espacio y respetan a los demás.

Aprecié profundamente poder ver y experimentar una gran combinación de arte, cultura y amor en ciudades tan similares pero diferentes a la vez. Fue muy inspirador ver que la mayoría no sólo se respetan como sociedad, si no que sienten una profunda pasión por defender los derechos animales. Lo que da lugar a que los mejores y más aclamados restaurantes sean veganos, es decir, que sigan una dieta restringida de productos de origen animal.

He asistido a restaurantes veganos de todo tipo, y en cada uno de ellos siempre hay una larga espera debido a su demanda. No sólo se come muy bien y se logra experimentar un nuevo rango de sabores y texturas alucinantes, si no que cada uno de estos lugares tienen un look muy diferente al otro y siempre con mucha onda. El que se queda afuera en California es el carnívoro.

Sentir y ver que en el presente la revolución vegana está acaparando de a poco grandes ciudades y los corazones de millones de personas es muy emocionante. Debo decir, que como alguien que ejerce ese tipo de alimentación, despertarme no fue fácil. Si hace un año atrás alguien me comentaba que no iba a estar consumiendo lácteos, quesos, ni un buen asado, no le creería.

Hay restaurantes veganos que imitan el sabor de la carne y su textura a la perfección, generados completamente por ingredientes vegetales. Otros que son raw, es decir crudos. Otros que se convirtieron en cadenas de comida rápida vagana como Veggie Grill, y otros que son el spot más popular de la noche en la ciudad. Cómo por ejemplo el restaurante Shizen Vegan Sushi en San Francisco, que crearon un menú japonés vegano tan auténtico y delicioso, en un ambiente muy refinado y relajado al mismo tiempo, que la gente es capaz de esperar hasta dos horas y media por una mesa.

Es tan simple como darse cuenta que uno sabe de dónde viene lo que se consume a diario, pero no lo ve. Esa es la diferencia.

Ir en un día soleado a una huerta a elegir tomates y otros vegetales, es un programa divertido y sano. Ir al matadero a elegir qué parte del animal uno quiere comer luego, no. Si te resulta desagradable pensarlo, entonces, ¿por qué lo consumes?

¿Alguna vez vieron a un ser humano esperar a su presa, saltarle encima y arrancarles el cuero y el tejido muscular con sus filosos dientes?

No. Entonces no es natural. En la época paleolítica, el hombre no cazaba para alimentarse, lo hacía principalmente para abrigarse con las pieles de los animales y liberarse del peligro de aquellos que sí eran naturalmente grandes depredadores. Y como evolucionamos como especie, también los recursos que utilizamos. No nos es necesario usar cueros o pieles para abrigarnos, tenemos a nuestro alcance varias otras alternativas.

Consumimos lácteos porque nos enseñan desde muy pequeños que es una fuente sumamente esencial para el calcio en los huesos. Y cuando uno reflexiona sobre esto, piensa, ¿por qué tomamos leche, diseñada hormonal, genética y específicamente por un animal de otra especie para su cría? Después nos frustramos sin entender la causa de tantas enfermedades…

Berkeley stands united against hate. Berkeley juntos contra el odio. Es el cartel que estaba pegado en la gran mayoría de la ciudad. Paseas por las calles y lográs cruzarte con grupos de jóvenes que desbordan pasión, luchando y discutiendo en bares sobre los derechos animales.

Hay que entender que cuando uno consume carne, no sólo está ingiriendo una parte del animal que tenía un propósito específico en el cuerpo de ese animal. También consume todas las toxinas nocivas del animal. Porque nadie quiere morir. Como nosotros por instinto siempre queremos sobrevivir, el animal también. Entonces cuando están amontonados en un matadero, siendo maltratados y golpeados, viendo sangre y muerte alrededor, el animal siente miedo, frustración, angustia, tristeza, enojo, desesperación, estrés. Pasa por todas estas emociones, expulsando hormonas nocivas y toxinas alrededor de su cuerpo. Luego uno, consume todo esto. Y de alguna manera esa toxicidad se nos transmite a nuestro cuerpo, impactando nuestra salud física, emocional y psicológica.

No dejemos que nos gane nuestro paladar. El hombre está completamente loco, no tiene idea qué es lo que está en concordancia con su cuerpo y lo que no.

Podría seguir escribiendo y conectar una rama con otra infinitamente, pero creo que por ahora cumplí. Quería compartirlo, con quién sea que lea esto, y si no tiene alcance a nadie, que sea un registro para mí misma. Ahora me voy a pedir comida árabe y después sigo.

 

 

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