10/02/2018

Debería haber nacido en otra época. Será que vivo cargada de nostalgia, o mi espíritu pertenece al pasado. No me siento acorde a estos tiempos. Mi energía ya recorrió estos caminos. Soy un alma llena de vida, pero agotada. La exhaustiva realidad me pone su palma de la mano, rugosa y áspera, sobre mi débil pecho y simplemente hace presión.

¿Es normal? Ver a gente de mi edad y sentirme tan remota. Observar alrededor mío como se desvanece el pasado y se apronta el futuro, que en mí brota una mezcla de excitación y un miedo fecundador de tantas otras emociones.

Volví de un viaje que despertó en mí una nueva sed por la vida, tengo un ímpetu abrasador por la existencia. Me di cuenta lo lejos que esta la vida contemporánea de ser real. Por eso elegí de alguna manera, alejarme del fácil alcance que tienen las redes sociales.

Pensaba mientras eliminaba mi usuario de Instagram, qué tan efímera es esta plataforma que con un solo click, tantos recuerdos, “seguidores”, comentarios y “me gusta” desaparecieron. Tan simple como eso.

Sentía una angustia arrolladora al ver como día a día las redes logran envolver tanto a jóvenes como a adultos en malgastar grandes partes de su tiempo. La sociedad en general, encuadra momentos de su vida, eligiendo incesantemente la foto perfecta para compartir y aparentar siempre risas y buenos momentos. Esas imágenes que detrás no esconden nada más que la duda y la inseguridad.

Y no voy a negar, que personalmente, descartar de mi vida las redes sociales, fue algo drástico. Empecé por Facebook, y casi como una avalancha, inmediatamente me apresuré por desactivar mi cuenta de Instagram, Linkedin, Snapchat, y por último WhatsApp. Uff… qué gran descanso.

Le des uso o no, estás siempre expuesto. Le das lugar a un completo desconocido, a un amigo, a un familiar, a quién sea, a ver detalles íntimos de tu vida privada. ¿Qué acaso nos olvidamos el lujo de la privacidad? ¿El placer y la alegría de recibir un mensaje, o una foto que fue tomada especialmente para uno?

Es una manera banal y muy vacía de hacer marketing sobre uno mismo. Se transforma en una constante publicidad de nuestras vidas. En la mayoría de la gente, hasta una necesidad.

En el viaje que hice recientemente, estuve recorriendo California. Los lugares que más me llamaron la atención fueron los alrededores de San Francisco, donde se pueden encontrar Berkeley y Oakland. Éstas ciudades tienen una carga artística inmensa y un espíritu de libertad incomparable. No cabe destacar que California fue exponente geográfico del hipismo y la libertad sexual. Pero sin embargo Los Angeles, por ejemplo, no me generó lo mismo; es una ciudad más esnob, por así decir, donde se convive con la banalidad humana y un ritmo consumista muy acelerado. Y ni hablar del insoportable tráfico a toda hora… Peor que el de Buenos Aires, les aseguro.

En fin, lo que más me llamó la atención en ciudades como Berkeley y Oakland es que la gente por lo general no le da uso a las redes sociales. Podes salir a comer a un lugar exquisito y trendy, y no te vas a encontrar en la mesa de al lado a alguien que no puede evitar registrar el momento con su smartphone. Lo mismo pasa cuando uno elige salir a algún bar de jazz, hip hop o r&b en la aclamada y cool vida nocturna de Oakland, vas a notar a cada uno compenetrado o en la música, o en bailar, o simplemente pasar un buen rato entre amigos. Pero no vas a ver gente ni filmando, ni distraída con el teléfono.

Qué gran sensación fue, un sentimiento de liberación. No sólo por desprenderse de la tecnología, si no del prejuicio. El famoso ¨qué dirán?” ahí no existe. Cada uno tiene un estilo completamente diferente a la persona que está a su lado y nadie se fija en lo que hace el otro. Por eso justamente son ciudades renombradas por su gran actividad cultural y artística. Lo mejor de todo, es que no están plagadas de turistas, todo lo contrario. Sólo te cruzas a gente que habitan las ciudades, entre ellas, abunda la diversidad.

El único downside, por así decir, o lado negativo que hay en California es la gran cantidad de gente homeless, que viven en las calles. Esto es a causa de las condiciones climáticas en las que nunca llega a hacer demasiado frío y también porque son bien recibidos. Entonces en vez de considerarlos unos marginales, son parte de la sociedad, cuidan su espacio y respetan a los demás.

Aprecié profundamente poder ver y experimentar una gran combinación de arte, cultura y amor en ciudades tan similares pero diferentes a la vez. Fue muy inspirador ver que la mayoría no sólo se respetan como sociedad, si no que sienten una profunda pasión por defender los derechos animales. Lo que da lugar a que los mejores y más aclamados restaurantes sean veganos, es decir, que sigan una dieta restringida de productos de origen animal.

He asistido a restaurantes veganos de todo tipo, y en cada uno de ellos siempre hay una larga espera debido a su demanda. No sólo se come muy bien y se logra experimentar un nuevo rango de sabores y texturas alucinantes, si no que cada uno de estos lugares tienen un look muy diferente al otro y siempre con mucha onda. El que se queda afuera en California es el carnívoro.

Sentir y ver que en el presente la revolución vegana está acaparando de a poco grandes ciudades y los corazones de millones de personas es muy emocionante. Debo decir, que como alguien que ejerce ese tipo de alimentación, despertarme no fue fácil. Si hace un año atrás alguien me comentaba que no iba a estar consumiendo lácteos, quesos, ni un buen asado, no le creería.

Hay restaurantes veganos que imitan el sabor de la carne y su textura a la perfección, generados completamente por ingredientes vegetales. Otros que son raw, es decir crudos. Otros que se convirtieron en cadenas de comida rápida vagana como Veggie Grill, y otros que son el spot más popular de la noche en la ciudad. Cómo por ejemplo el restaurante Shizen Vegan Sushi en San Francisco, que crearon un menú japonés vegano tan auténtico y delicioso, en un ambiente muy refinado y relajado al mismo tiempo, que la gente es capaz de esperar hasta dos horas y media por una mesa.

Es tan simple como darse cuenta que uno sabe de dónde viene lo que se consume a diario, pero no lo ve. Esa es la diferencia.

Ir en un día soleado a una huerta a elegir tomates y otros vegetales, es un programa divertido y sano. Ir al matadero a elegir qué parte del animal uno quiere comer luego, no. Si te resulta desagradable pensarlo, entonces, ¿por qué lo consumes?

¿Alguna vez vieron a un ser humano esperar a su presa, saltarle encima y arrancarles el cuero y el tejido muscular con sus filosos dientes?

No. Entonces no es natural. En la época paleolítica, el hombre no cazaba para alimentarse, lo hacía principalmente para abrigarse con las pieles de los animales y liberarse del peligro de aquellos que sí eran naturalmente grandes depredadores. Y como evolucionamos como especie, también los recursos que utilizamos. No nos es necesario usar cueros o pieles para abrigarnos, tenemos a nuestro alcance varias otras alternativas.

Consumimos lácteos porque nos enseñan desde muy pequeños que es una fuente sumamente esencial para el calcio en los huesos. Y cuando uno reflexiona sobre esto, piensa, ¿por qué tomamos leche, diseñada hormonal, genética y específicamente por un animal de otra especie para su cría? Después nos frustramos sin entender la causa de tantas enfermedades…

Berkeley stands united against hate. Berkeley juntos contra el odio. Es el cartel que estaba pegado en la gran mayoría de la ciudad. Paseas por las calles y lográs cruzarte con grupos de jóvenes que desbordan pasión, luchando y discutiendo en bares sobre los derechos animales.

Hay que entender que cuando uno consume carne, no sólo está ingiriendo una parte del animal que tenía un propósito específico en el cuerpo de ese animal. También consume todas las toxinas nocivas del animal. Porque nadie quiere morir. Como nosotros por instinto siempre queremos sobrevivir, el animal también. Entonces cuando están amontonados en un matadero, siendo maltratados y golpeados, viendo sangre y muerte alrededor, el animal siente miedo, frustración, angustia, tristeza, enojo, desesperación, estrés. Pasa por todas estas emociones, expulsando hormonas nocivas y toxinas alrededor de su cuerpo. Luego uno, consume todo esto. Y de alguna manera esa toxicidad se nos transmite a nuestro cuerpo, impactando nuestra salud física, emocional y psicológica.

No dejemos que nos gane nuestro paladar. El hombre está completamente loco, no tiene idea qué es lo que está en concordancia con su cuerpo y lo que no.

Podría seguir escribiendo y conectar una rama con otra infinitamente, pero creo que por ahora cumplí. Quería compartirlo, con quién sea que lea esto, y si no tiene alcance a nadie, que sea un registro para mí misma. Ahora me voy a pedir comida árabe y después sigo.